viernes, 13 de noviembre de 2009

La nueve, a las doce, con dos copas y una nota

“Tú eres la nueve”, me dijo ella, mientras se acercaba la rubia botella helada entre las manos pálidas de la pelirroja de mi bar de moda. “Gracias”, le dije, mientras reposa el envase de vidrio en el tapete de círculo rojo. Me gustaba aquel lugar, porque me había permitido citar a alguien especial y difícil: a mí. Y muy de vez en cuando –sobre todo en esos días de octubre- se habían hecho frecuentemente necesarios aquellos encuentros with my self.

De ese mi lugar favorito, mi rincón favorito: la nueve. Prefería la mesa nueve, sí la de la esquina, la de dos sillas y frente al sucinto escenario de ese colorido y lúdico piano bar de la esquina de la plaza cuadrada del Libertador. Solía escuchar las melodías en ese ambiente colmado de humo, y de poca gente, y sin embargo esta noche el mutis amenazaba con gobernar el lugar. Esta noche a diferencia de lo característico, no había piano, no habían notas que me acompañen en la cita with my self.

“Señorita”, la llamo, se acerca y le digo: “Una copa de vino tinto y una pregunta”, ella me sonrió con un gesto gentil e interrogatorio…“¿Hoy no tocarán el piano?”. Sí, esa era mi inquietud: ¿hoy tocarán el piano?, ¿hoy acompañaré mi cita con la cerveza y el vino (y conmigo), con las notas que puedan ser mi soundtrack personal en la trágica escena de hundirme un piso más abajo de lo que ya estaba ese sótano del Atlántico Piano Bar? Creo que no me sentía tan sola, cuando tocaban el piano, o creo que no era tan difícil estarlo. Y mientras mi rostro reflejaba cierta urgencia de una contestación positiva, me dijo con cierta complicidad: “A las doce tocarán el piano, llegará un chico nuevo”.

Las doce, y yo en la nueve, con dos copas del cabernet souvignon y empuñando el plumón color gris, esbozando líneas, para concluir los cuentos que había ofrecido entregar ayer, pero que iba a entregar el lunes siguiente al editor. Concentrada en mis letras de color gris, escuchando lo que me dictaba en ese instante mi entonces estéril creatividad de otoño terco… llegó. Llegó el chico nuevo del Atlántico Piano Bar.

De pronto, un insólito (pero familiar) presentimiento me erizó la piel, un frío en los dedos, en el cuello, y adentro, in my self, un escalofrío. Lucía una camisa ligera, celeste claro; un saco color tabaco, que de cierto modo lo entronaba y que encajaba con su pelo claro y el jean oscuro, y desencajaba con la chalina gris (ni clara, ni oscura). Un dedo, una tecla, y una nota. La melodía empezó a invadir el ambiente; y en mí, una extraña atmósfera acaparaba. Después de interpretar esa de Bowie, los primeros aplausos de los sobrevivientes de la noche.

“Gabriel”, me dijo. “Ese es el nombre del nuevo chico, ¿te gustó?”, agregó la linda pelirroja, mientras recogía mis copas vacías. Y fue en ese momento en que lo vi a los ojos, creo que también él me vio, no podía ser de otra manera, estaba en la nueve, el rincón más cercano al piano.
Quizás he sentido antes esa mirada, esa presencia, o esta canción. O sólo es que Gabriel, el nuevo chico del Atlántico, sabía cómo encantar con sus primeros toques.

Desde entonces, nos encontrábamos en aquel peculiar lugar, los jueves y viernes, o los viernes y sábados a las 12, yo en la nueve, dos copas, y sus notas mil, para mí, para los dos, y para todos los sobrevivientes del Atlántico. Después de cada noche, él venía conmigo, nos quedábamos juntos hasta sentir la luz del cielo aparecer entre las cortinas y convirtiéndose en cómplice matutina de despertares al mediodía de los viernes y sábados, o de los sábados y domingos.

-Te conozco de antes.
Es como si te hubiese tenido muy cerca en otra vida. Me repetía, y yo ya me lo creía. Podríamos haber sido algo o no en otra realidad, o tan sólo es que lo queríamos ver así, porque sabíamos que en esta realidad, no podíamos llegar más que a algunos días de gloria, a acompañarnos, él, yo y el sentimiento que nos invadía. Porque sabíamos que esto no duraría para siempre, que era sólo crear nuestra historia, para recordarla toda la vida.

Gabriel, se tenía que ir en cualquier momento. Él no era de este lugar y alguien lo esperaba en otro. Nunca me dijo cuándo viajaría. Él lo sabía, pero no quería generar una despedida entre los dos.

- ¿Por qué te vas?, ¿Quién te espera? .
No podía evitar las interrogantes que llenaban mi interior, no podía negar que ese momento me entristecía, que pensar en su ausencia me llenaba de agonía inútil. Que él aún no se iba, pero que yo ya lo extrañaba. Que el odio se asomaba irremediablemente en mí, queriendo matar el sentimiento del que estaba presa.

- No tiene caso hablar de eso. Ven….
Y sus brazos me envolvieron, el abrazo más intenso que me podría haber cobijado alguien jamás. No existían preguntas, ni dudas, ninguna inquietud, nada que merezca interrumpir aquel momento que podía compartir sólo con él. No existía ya interrogante alguna que pudiese entorpecer esos últimos momentos al lado de Gabriel. No había espacio para nada más, sólo para él y yo. Sin promesas, ni adiós, sin presumir ser dueños del futuro y del destino. Y sin saber si nos volveríamos a ver.

Viernes nuevamente. Esa noche me acompañaba un sutil brío solitario, pero me preguntaba qué canción vendría hoy, qué notas haría Gabriel para acompañarme en la mesa. Llegué al Atlántico. Son las doce; allí estaba yo, en la nueve; y en la mesa, dos copas; y… ¿una nota? Al pie de las dos copas, un papel doblado. Ese día sólo una nota me acompañaba, la última que me pudo dejar Gabriel: Disculpa, creo que te invité a una función que jamás podremos ver juntos. Te buscaré en mis sueños… G.

Irónico, el Atlántico bar, nos juntó, y es ahora el Atlántico mar el que nos separa. Me saqué la chalina, bebí mi copa y… desperté.