Era una familia joven y sólida la que tenía Marco. El niño de cabellos roll roll café en esos días de verano había cumplido cinco años y desde que pudo sostener un lápiz, su pasión era dibujar. Dibujar y pintar. Pintar y soñar.
Que papá y mamá, la niña bonita del barrio, la golondrina que pasa rozando el mar, y el mar también, o el mar y el sol… y la maestra, y a Paco ‘el loquillo’ de la clase. Todo lo que miraba y soñaba estaba en manos de Marco y en sus trazos en papel.
Sus dibujos no eran perfectos, pero sus manos de niño alcanzaban a dibujar con detenimiento y contemplación lo que tenía cerca de él, en casa o en la playa, o en sus sueños o en el cielo.
No tenía hermanos, ni hermanas. Y a pesar de su solitario espíritu imaginativo, Marco gustaba de la compañía de sus amigos, sobre todo de Lisa y Rafael, con quienes solía jugar en el patio de la quinta Florencia, la más colorida del puerto donde vivía.
Nuevamente, el verano pleno se había instalado en el puerto, y en esos días de febrero, se acercaba el cumpleaños de Marco. No hubo fiesta, pero sí alegría; pocos regalos de seres queridos, pero sí abrazos de todos. Ese día, recibió de su abuelo, un regalo especial, era un sencillo cuaderno de dibujo; un cuaderno que fue su bitácora cuando era el joven inquieto que vivía en el campo, y que recolectaba sus aventuras en estampas propias dibujadas, hechas a mano y a color, en esas páginas que parecían de un origen mágicamente natural, o naturalmente mágico. La pasta era de tela color turquesa. El papel de las hojas era impresionante, de color maíz tenue, textura suave al tacto y de un ligero espesor que hacía pensar que esas páginas se podían quebrar al tocarlas e incluso al trazar en ellas. Pero la bitácora sólo tenía seis hojas.
¿Por qué seis hojas abue?, preguntó Marco.
La bitácora sólo tenía seis hojas, o sólo le quedaban seis hojas. Sí precisamente seis, la edad que tenía el pequeño Marco.
Seis páginas son las únicas que me quedaron. El resto las utilicé cuando era joven. Cuídalas. Cuídalas y dibuja lo que quieras en ellas, siempre con el entusiasmo que te caracteriza hijo.
Dijo el abuelo con alegría y confianza y abrazando muy intensamente al pequeño, como sabiendo que ese sería el último cumpleaños que pasaría a su lado, pues llegó el otoño y con él días grises, que trajeron consigo la muerte del tierno y robusto abuelo de Marco.
Los días pasaban y la bitácora turquesa estaba en el cajón del escritorio del niño. Entonces, no quería utilizarla y tan sólo cuando quería sentirse más cerca de su abuelo, él buscaba en aquel cajón… al fondo de los álbumes de superhéroes, aquella bitácora. La abrazaba, la miraba, olía sus hojas y recordaba a su abuelo, y derrepente se repetía en su interior una voz: ‘dibuja lo que quieras’. Entonces él cerraba la bitácora, acariciaba la rugosa tela turquesa, y lo devolvía nuevamente al final del cajón del escritorio. Allí donde estuvo intacta todo un año.
Antes de que cumpla los siete años, Marco tuvo un sueño con su abuelo. En el sueño su abuelo le decía que use la bitácora para hacer lo que más le gustaba: dibujar. Dibuja. Dibuja Marco, que cada página es un regalo que te hago.
Al despertar, fue directamente al escritorio, buscó al final del cajón, y sacó su bitácora. Trajo su gran cartuchera de lápices multicolor, y empezó a dibujar lo primero que se le ocurrió. Marco, pensó en un gato, un gato gris de ojos gris, al que le puso de nombre ‘Luis’. Tenía un collar color coral, y una medalla de bronce con su nombre grabado: L-U-I-S, dijo Marco al terminar su dibujo en las extrañas hojas de color maíz.
Ese día jugó, se divirtió con sus amigos. Lisa y Rafael estaban allí, yan ken po, ampay me salvo, fu man chu, chepi contra… corre, corre… y la pelota que no faltaba. Jugaron. Y jugaron. Al llegar a casa, su padre le tenía una sorpresa y le dijo:
Cuídalo. Es tu primera mascota. Los gatitos a veces son tan independientes que se quieren ir lejos solos y se olvidan de uno que los llega a querer tanto.
Era un pequeño gatito gris, con ojos color gris y un collar coral con una medalla de bronce…con su nombre.
Luis, así se llama. ¿Te gusta Marco?, dijo su madre.
Claro que me encanta, dijo Marco entusiasmado, mientras llevaba en brazos al pequeño felino, lo pegaba a su pecho y lo sentía ronronear cuando le acariciaba la cabeza.
Y entonces, no pudo evitar ir a su habitación, llevar a Luis consigo y buscar en aquel cajón… Sacó la bitácora, la abrió lentamente. Y… no estaba. No estaba su dibujo. No había dibujo alguno. La bitácora turquesa tenía (o le quedaban) cinco hojas. Aquella hoja que faltaba, donde estaba el dibujo del gato gris de ojos gris, no estaba. Desapareció.
Marco no volvió a dibujar en la bitácora. Hasta que pasaron los días y los meses; y ya se acercaban los días de sol, y los ocho años de vida de Marco. Nuevamente días antes del cumpleaños, un sueño especial. Esta vez el abuelo, aparecía con un rostro ciertamente complacido, parecía volar en lugar de caminar, y estar suspendido en el aire, en lugar de tener los pies en tierra firme. En el sueño le dijo a Marco: No temas dibujar, imaginar y soñar querido Marco, disfruta haciéndolo. Y elige para este año tu próximo regalo. Y agregó con firme voz ‘dibuja lo que quieras’.
Marco despertó. Luis estaba a su lado, y le dijo, como si el felino lo comprendiera:… ¿dibujo lo que quiero?...
Y así lo hizo. Dibujó entonces una pelota. La pelota de Rafael ya estaba muy mala. Y una nueva pelota será un regalo que disfrutaré con mis amigos, pensó el pequeño Marco.
Y eso pasó, al llegar de la escuela, en casa lo esperaba su padre con un regalo. Sorpresa aquella… era esa gran pelota arcoíris (tal como la había dibujado) y sabía rebotar tan bien… ¡ya casi llega al cielo!… decía Lisa cuando jugaba con Marco. Ya casi, pensaba Marco.
Entonces quedaban cuatro hojas. Cuatro. Y luego tres. Luego dos.
Y… cuando iba a cumplir 12 años, le quedaba sólo una. Una hoja para el último regalo que le podía dar su abuelo. Para el último dibujo de Marco.
Esos días de febrero, apareció su abuelo nuevamente en lo sueños del pequeño. Esta vez, se veía aún más complacido, parecía un ángel y casi brillaba, era difícil verlo fijamente, porque tenía un hermoso resplandor. Un especial resplandor alba. En el sueño, el abuelo le dice a Marco: No creas que es mi último regalo. Pero tienes que hacer tu último dibujo en la bitácora. No olvides dibujar lo que quieras.
Marco le sonrió. Y se despidió tomándole la mano.
Despertó, y abrió la bitácora. Tomó el lápiz y los colores… y dibujó.
Dibujaré lo que quiero, se dijo.
Entonces dibujó una caja. Una caja verde que tenía un lazo magenta, y dijo… Dentro de esta caja estará la felicidad.
Guardó su bitácora en el cajón del escritorio y salió rumbo a la escuela.
De vuelta a casa, salió a pasear en bicicleta por la orilla de la playa, como cada tarde lo hacía con Lisa, que ya no era sólo su amiga, y con la que compartía un enamoramiento primerizo de los que convierten la panza en el hábitat perfecto de mariposas tornasol.
Precisamente antes de que Lisa llegara primera al faro –siempre era la primera en llegar- , Marco encontró algo entre la arena, en la orilla…casi entre la arena y el mar. Era una caja color verde, con un lazo magenta. No lo podía creer, la guardó en la mochila, y no lo abrió sino hasta llegar a casa.
No podía esperar más. Se dio un baño. Revisó la mochila, sí allí estaba. Era real. La caja verde estaba allí, y con ella la felicidad dentro. No podía esperar más. Pero antes de abrirla, busca en el cajón del escritorio, la bitácora… allí estaba, no tenía más hojas. La caja de la felicidad había sido el último dibujo. Entonces… sujeta la caja con firmeza, y la abre con mucho cuidado. Y … la caja estaba vacía en su interior. No había nada dentro. Nada.
Al pasar los años. La bitácora permaneció en aquel cajón del escritorio, debajo de los libros. Y la caja verde de lazo magenta… también.
Marco, formó una familia con Lisa. Se casaron, y tuvieron a Julia, una pequeña que también había heredado el placer por el dibujo, una pequeña locuaz y vivaz, que a los cinco años ya sabía recitar y cantar, y claro… dibujar y pintar.
Cuando Julia estaba por cumplir los seis años. Marco tuvo un sueño. Un sueño especial, que le recordaba a los de su niñez. Esta vez se le apareció un ángel de figura robusta pero juvenil, que brillaba esplendoroso, y que le dijo con voz cordial y familiar: Busca en el cajón, hay un regalo… Búscalo. Te toca abrirla.
Marco, despertó algo asustado. Buscó en el cajón del escritorio viejo, aquel que lo había acompañado veinticinco años de su vida, y saca la caja, la caja verde con lazo magenta. La tenía firmemente en sus manos, como hace dieciocho años atrás la tuvo. La tenía nuevamente. Y nuevamente la iba a abrir. Nuevamente.
Pero… antes de que la abra… llegó Julia, y le dijo con dulce voz… Papi, tuve un sueño… donde tú eras un ángel, y me decías que estabas taaaan feliz. Te veías feliz papi, sonreías…
Marco, la miró… sonrió. Sonrió de verdad, la abrazó fuertemente como confirmando lo que Julia le decía.
Y le dijo con firmeza…: Sí hija, soy feliz.
Ya no quiero ser la protagonista del libro
Hace 17 años
