jueves, 6 de noviembre de 2008

extraño

¡te extraño (1)
extraño (2)
extraño! (3)

lunes, 3 de noviembre de 2008

Manifiesto de lo inmanifestable

No soy una extraña...
y sin embargo me siento tan extraña,
tan lejana y extraña de mí, de ti.

Estoy sola...
y sin embargo me siento acompañada de mí,
tan sola, y tan harta de llevarte conmigo.

Estoy triste...
y soy artista de emociones,
recreándome...
cambiando las máscaras para entonces no andar sin una.

Tus palabras son una y otra vez desconsoladoramente inorquestadas...
sin partitura que sintonice con mi arrebato reprimido de quererte,
de quererte y abrazar tu ausencia,
de quererte y ahogar mis deseos,
mis deseos de amar,
mis deseos de gritar,
mis deseos de sólo tenerte cerca para recibir la incestuosa caricia continua...
con tus manos firmes y parejas...
sólo tus dedos, entre mis pensamientos,
sólo tu cálido y vulnerable ser...
y cada recuerdo hecho nube,
hecho nube en el cielo de tu gris suspiro.

[De la papelera.]

miércoles, 29 de octubre de 2008

Ménage à trois o el tóxico tinto

Me llevó a aquel bar por la plaza Santa Ana, donde ese grupo tocaba música en vivo, guitarra, bajo, batería fuerte y el cantante coqueto.
Íbamos saliendo (saliendo, sí… saliendo), unos tres meses; y el tierno latino de casta descendencia siciliana sabía cómo encantarme, antes y después de la música, antes y después de las guitarras, los bajos y la batería fuerte… antes y después del bar. Antes y después. Siempre.
Sin duda la pasábamos bien. Y salíamos (salíamos, sí... salíamos).

‘Ese grupo me sorprende’, pues era cierto, el grupo era bueno, y a él le fascinaba. Me llenaba de sonrisas verlo complacido, entre el vino, la música; lo que más le gustaba en sus manos : en la derecha el vino, en la izquierda yo.
Yo lucía un vestido negro, ceñido, con cierto jaspeado retro, como aterrizada de un ayer… muy lejano. Mi vestido retro, la música…retro… mis emociones, retro…
Algo llamó mi atención de repente, la silueta gris pero envuelta en beige, y todo él era beige y dorado, ¿o lo veía dorado yo? ¡Ironía retro! Era Sebastián, y me pareció había vuelto de no grato trajinar. Llevaba un año fuera por temas que no me supe enterar con claridad, ya que para entonces nuestra amistad se había convertido en intercambio de e mails de escasas palabras. Nos volvimos egoístas con nosotros mismos. Egoísta yo, más egoísta él.
‘Nena, ¿Conoces a ese flaco?’.
Mi mirada lo confesaba, sin pronunciar palabra alguna. Pero tenía que decir algo que lo afirmara con prudencia e hipócrita soltura: ‘¡Claro!, no me ha visto, me acercaré a saludarlo.’, y lo hice con ahogante emoción, cada paso me llenaba los ojos de desmedido deseo. Deseo y deseo.
Yo creo llevaba unos kilos demás –confieso-, y lucía mi cabello mucho más largo; el largo que el largo año de su ausencia había permitido. Largo. Largo el tiempo mi querido Sebastián. Mi siempre querido. Mi siempre añorado chico de olor a musk.
No pude evitar estremecer al ver sus ojos convertidos en luz cuando me reconoció, y estoy segura que los míos entonces se volvieron arco iris, después de tanta lluvia sobre todo.

‘¡Sebastián!’… y el abrazo respectivo, el abrazo más fuerte de lo que esperaba, el abrazo que necesitaba.
Me preguntó entonces con su singular ‘poco interés’: ‘¿Estas sola, como siempre dices estarlo?...’. Y río, percatándose que el tierno caballero de infantes ojos cielo me esperaba con dos copas en la mesa diez, la de la esquina, con el mantel rojo. ‘Pues no, vengo acompañada, ¡vamos!’, no queriendo que así sea, se lo pedí, moría por estar con él, moría (y mataba) por querer estar sólo, sólo con él. ‘Bien vamos, y me presentas a tu nuevo novio…’.

‘Diego, él es Sebastián’… logré decirle entre el ‘De Doo Doo Doo De Da Da Da…’ musical. Diego era especial, pero es todo lo que Sebastián no es. Y yo hace buen tiempo que sabía que Sebastián era todo. Todo para mí.
‘Vaya, ya te conozco al fin, por un momento pensé que fuiste fantasía’, lo dijo con cierto y extraño celo, como premonición de un ‘quizás ahora ya no serás fantasía’.
Mi ménage à trois. Por un lado el castaño ojos café express, y por otro el castaño ojos cielo. Extraña compañía en esa noche inesperada, en la mesa diez de la esquina del Viva Madrid.

Nunca antes percibí tan locuaz a Sebastián, es como si la sorpresa de verme le hubiese caído tan bien, o era que simplemente no quería que mi acompañante pronunciara más palabras. Y entonces, la pregunta del fondo de cajón… ‘¿Y ustedes desde cuando son novios?’, lo preguntó y me echó un guiño. ‘No somos novios, con Diego nos conocimos hace tres meses, en su exposición de arte en el Museo de Cera.’, le dije con extraña calma y entonando cada palabra como queriendo se entere que ‘aún estoy sola, como siempre’. Y bien, Diego agregó lo necesario ‘la vi y no dudé en invitarle un café, y desde entonces salimos, y si le sigo cayendo tan bien a esta nena, pues yo creo que será mi novia’. Me hizo sonreír aquello, pensando en que Diego era especial, en que siempre tenía los cumplidos más sobrios y precisos para mí, y que jamás temía decirlos, que no tenía el miedo que Sebastián siempre tuvo, que tenía el atrevimiento emocional que yo siempre anhelé de quien amé.

Cabernet sauvignon suficientes para perder el equilibrio, demasiados para mi cordura. Las copas llenaban la diez con el mantel rojo, y yo ya me estaba alejando de aquellas. El tinto alcanzó cubrir mi tino. ‘¡Vuelvo!’, y tenía que irme, arrojar un poco de lo que me sobraba, ¿será este tóxico sentimiento, o será el tinto?; no lo sé, de lo que sí estaba segura, era que las ganas de levantarme –huir- de esa hipócrita mesa, me sobraban. Saliendo del servicio, me di cuenta que quien estaba en el vestíbulo era él, había salido a mi búsqueda según me confesó: ‘Ven, ya no vuelvas a esa mesa.' ¡Inesperado!. Inesperado tú Sebastián. Inesperado tu encuentro. Inesperado lo que me pides.
‘Lo siento, he venido con…’ Y no pude continuar, porque antes de que pronunciara el nombre del chico de dulces ojos cielo, selló mis labios con el resto de su tinto, en el resto de mi tinto. Un beso, siempre esperado beso de ti Sebastián. Inesperadamente esperado todo tú.
Lo solté, y corrí, corrí a la mesa del mantel rojo de la esquina del Viva Madrid, corrí cerca del ‘Now i dont hardly know her…But i think i could love her…', coreando ‘crimson and clover, over and over…’, pretendiendo ensordecerme dentro. Corrí, para encajarme en sus brazos…’over and over…’. Corrí para calmar el alboroto que habían conseguido aquel resto de tinto en sus labios con el resto del mío. ‘Diego, me siento mal…muy mal, vamos’, le supliqué mirándolo a los ojos, y apretando sus largos dedos y uñas bien cuidadas. Él entendió lo que pedía, él siempre entendía. Hasta comprendía.
Al llegar a casa mis ojos no pudieron evitarlo más. ¿Lluvia después del arcoiris?... Llorar. Llorar después de mucho tiempo, y añorar y despreciar y añorar otra vez, ese instante del inesperadamente esperado beso de tinto. A despreciarlo porque no quería sólo eso, y a añorarlo y añorarlo para que me acompañe toda la noche, hasta despertar en brazos de otro.
Otra vez mi sublime y traicionero… ménage à trois.
-Me cobija y cierro los ojos.-

martes, 21 de octubre de 2008

En una línea directa al infinito

Me gusta escucharte,
Porque tú también lo haces,
Porque acaricio tus palabras en tu voz,
Deseando rozar tus labios.

Me gusta buscarte,
Porque sé que te encuentro,
Porque mientras te busco, tú me encuentras;
Porque mientras te espero, tú me piensas;
Porque te pienso y tú me esperas.
Y esperamos vernos para el regalo más destellante del día.
Para escucharnos sin tocarnos,
Para vernos sin abrazos,
Para sonreír sin besos,
Para nuestro sueño confirmar…
Y echarnos de menos mientras dormimos,
Y dormir mientras soñamos,
Y te conviertes en el guardián de mi sueño,
Gobernando en la anarquía de un tal vez o un quizás…
en una línea directa al infinito.

martes, 16 de septiembre de 2008

Adiós

Ya me cansé…
De sólo no tener que sentir
De sólo no tener que decir
De no tener que decir lo que sentí
De decir y no sentir
De sentir y no decir
De no decir lo que siempre sentiré…
De entonces soportar tu irreversible parquedad (¿puerco-dad?)
De entonces soportar tu insistencia inútil de 'estar normal' (¿anormal?)
De entonces sentir que te alejas, cuando te siento más cerca
¡Suerte! , ajeno y dulce, títere del ‘talvez’…

sábado, 13 de septiembre de 2008

SMS...SOS


Cansada, pensando, me dormí... Te vi cerca. Soñando ( ¿Soñando?). Cierro los ojos, otra vez. Y los abro, sólo para acariciar las palabras, estas palabras... Y el abrazo fuerte que te mando ( otra vez).


Enviado en hipnagogia desde el negro equipo móvil.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Molto dolce




Se lo dije… ‘ya no deseo más, bórrame de la historia’, le insistí.

Era Ramón, mi amigo entonces, estaba escribiendo un libro. Y ‘Mariel’, su silenciosa protagonista era el reflejo de mi interior, de mis represiones, de mis decepciones… Eso me había hecho creer él.‘Y entonces, ella voltea, le dice que lo ama, y se aleja… ella se aleja sin llorar…’, entusiasta me lo decía. ‘Ya calla, ¿OK?’, le dije.‘¡No…! entonces él sólo toma el libro y sube a aquel tren, era otoño, hacía mucho frío , el lucía un abrigo de piel y estaba con sombrero’… ¡lo decía con tal vehemencia!

‘Ya basta Ramón’

Lo conocí, hace dos años cuando me mudé a Burdeos, para escapar de algunas sombras. Recuerdo que el primer día que nos vimos dialogamos de amor, o algo parecido.Él estaba entonces con una sueca loca que lo hacía sufrir, peor que Cristo en la cruz. Era un calvario. Pero él como fiel católico respondía a los desaires de la muchacha, que se la mamaba como él decía ‘¡Molto dolce!'. Y así es como se llamaba el libro que pretendía ser un bestseller. Eso me había hecho creer él. 'Molto dolce', aquel libro en el que me retrataba, en el que Mariel, era una eterna enamorada de Sebastián, muchacho al que inventó para ella, porque jamás lo tuvo en el mundo real.

Un día tomando el café, el clásico ‘café de los miércoles a las 6’, en el Café Crème. ‘Eres la nena más maravillosa’, pronunció entre cigarro y cigarro, mientras le traían el más dulce bavaroise de fresones del mundo. ‘Eres la nena que todo hombre inteligente y de plena sensibilidad, quisiera tener para toda la vida… eres la puta y la mujer ideal.’ El humo lo hacía ver especial, cómo salido de la más tierna historia fantástica, de mi más favorita novela de las nubes. Y lo aseguro, no sólo por sus adulaciones. Por algún momento lo deseaba tanto a Ramón. En verdad lo deseaba. Y sobre todo aquellos miércoles unos minutos antes de las 9 pm, mientras me daba el abrazo fuerte e infinito dejándome en casa.
Pero interrumpí aquel vespertino deseo, diciéndole a la pelirroja mesera, que nos miraba siempre con complicidad,…‘s'il te plaît…cannelés’. Eran mis cannelés, no tan dulces como el postre de fresones, pero sí precisos para mis labios que querían algo más que aquellos postrecillos de acanelado aroma.
‘¿Recuerdas cómo sucedió aquello esa noche? Cuando esa zorra me había abandonado una vez más, cuando ya el alcohol no me sabía adormecer, cuando ya mi piel transpiraba el humo de los mil cigarros que me acompañaron esa tarde, después que lo vi con el hipócrita respingado de su amigo. Justo en ese momento te vi aparecer, como un ángel, eras un ángel… Eres un ángel. ¿Cómo no vivo una vida entera contigo, si eres un ángel?’. Yo lo sabía escuchar, no era la primera vez, y sabía escuchar a Ramón como siempre lo quise, sabía escuchar a Ramón porque me hacía recordar el amor que siempre tenía albergando en el rincón más caluroso de mí, pero ese amor no era de Ramón, no era para Ramón…

‘Sí, si recuerdo, fue maravilloso, lo sé. Y las siguientes también’.
Con Ramón hacíamos el amor… y sí literalmente lo hacíamos. No existía ser en la tierra con quien pueda hacer el amor como con él. Eso yo lo sabía. Eso él lo sabía. Pero yo era un ángel. Y él el mío.
Manteníamos aquella relación en el plano más lejano.

‘¿Qué vas a hacer más tarde?... ¿pensar en él?... ¿pensar en que te llamará una vez más, y sólo para decirte en su tono estúpido, que te quiere mucho; y que su hijita te adora y pregunta por ti?... ¿en qué dulce castañita? Dime, ¿cómo lo soñarás hoy? ¿Desnudo o con abrigo y sombrero?’. Odiaba eso. Odiaba que tenga que nombrarlo en sus preguntas… Y odiaba por eso que lo nombre ‘Sebastián’ en esas páginas que elaboraba para su siguiente publicación. Lucirán mil historias de ‘Mariel y Sebastián’ por doquier. Esas lejanas noches ( y despertares) en que yo sabía que lo amaba y en que respiraba de sus brazos su perfume de musk. Esas palabras, esas miradas, esas caricias. Todo eso en el Mollat Libraire, en el Shakespeare & Co., en París… y hasta en el Crisol en el Perú.

‘No, no soñaré nada, apuesto melenudo. Nada’. Ya mis sueños no desean más abrirse, ya no deseo más. Y le dije, ‘Me afecta lo del libro, ¿sabes?... Muchísimo. Yo sé que él lo leerá. Sé que le apasionan tus libros - mentira, siempre los criticaba -, y lo leerá. No quiero saber lo que sentiré en ese momento. No quiero pensarlo. Me da terror. Y luego volver a verlo…’.
‘Sabes que yo siempre pienso en que estés bien. No podría permitir que mi ángel se sienta mal. Tú me cuidas. Yo te cuido. Pero esto es necesario, y debes confiar en mí. Además será sólo un libro. Y te prometo que dejaré que lo revises antes de enviarlo al editor. D' accord?’, con su sonrisa escondida en los bigotes algo crecidos…su confianza era única. Y yo le tenía una confianza única. Ramón no se equivocaba. Era un libro, sólo un libro con la más romántica y esfumada ficción.

Lo que pasaba es que temía algo especialmente.‘Ramón, temo el fin que le pongas a la novela’, le dije con cruda voz.
‘El fin… vaya… el fin. ¿En verdad quieres un final? Yo no lo creo. Déjamelo a mí, linda; verás que te gustará.’
‘¿Vamos ya?, mañana tu jefa la flaca garzuda no te tolerará una tardanza'.
Fuimos caminando por la rue St. Catherine, ‘No sé qué sería de mí y mi soledad acá tan lejos de casa. No sé cómo sería todo, sin ti’, me dijo tomándome de la mano, y conduciéndome a sus delgados brazos, apretándome contra su pecho, con toda su tibieza, acercándome a su siempre deseado cuerpo y a su aliento gris.

Llegamos. ‘Chau Ramón, anda descansa, hoy fue un día largo… ¿Mañana me invitas al cine?... Quiero ver aquella de Guillermo del Toro en el Jean Vigo. Dime ¿me invitas?’, con suplicante y pícara sonrisa mirando sus achinados ojos de amargo café. ‘Siempre y cuando mademoiselle, que Ud. se encargue del vino y el cariño. Con eso, te doy el mundo… lo sabes.’, lo recitaba con su peculiar acento siciliano y como la más incitante y apasionada prosa. ‘Es un trato entonces, caballero’, mientras me volteaba y subía a casa. ‘Descansa linda, y no dejes de soñar, que no serías la misma’. Un ‘sí’ y un suspiro; y cerré mi puerta.

Otra vez mi cabello suelto, mis pies descalzos para dormir, y mis sábanas blancas esperándome, para cobijarme en el más inquietante sueño de aquel miércoles. En mi historia sin fin…con los ojos cerrados y pensando en ti.

lunes, 4 de agosto de 2008

Te hago el amor


En el camino, he conocido el amor, en rostros distintos.
En los más tiernos,
En los más lúcidos o en los soñadores, y me he estacionado en sólo uno... en un temeroso puente, el cual temo cruzar.