Te mudaste cuando yo me fui. Te habías ido entonces de aquel que fue nuestro espacio, cuando yo me fui. Quizás para olvidarme. Yo qué sé.
Y ahora estás allí en la estación esperando el tren que te llevará con Santiago a esa ciudad que yo jamás quise regresar y que sin embargo el destino me había obligado a volver y quedarme. Sí… quedarme sin retorno.
Yo jamás quise regresar a Madrid y no porque pensara que allí me quedaría… sino porque no quería separarme de ti. ¿Cómo yo te iba a dejar mi dulce Paula?, ¿cómo podría abandonar tu cariño y tu piel?, ¿cómo podría yo haber dejado nuestra ciudad, nuestro espacio… y lo que crecía dentro de ti, también nuestro? … ¿cómo podría haberte podido dejar a ti? Y entonces, ¿por qué?... ¿por qué te dejé? Razón: sólo una.
Llegó tu tren, allí estabas. No te ves mal. No estás sola. Te embarcas entonces a Madrid. ¿Vienes a mí?
Nunca creí en ti. Lo confieso. Te conocía muy bien. Nunca estuve seguro de lo que sentías por mí. Tú nunca estabas sola. Nunca podías estarlo, y sin embargo, cuando reñíamos, decías que me extrañabas, cuando decidía yo dejarte sola un tiempo, allí en mis arrebatos de soledad…- ¡créeme!- yo, sí te extrañaba, y dudaba…dudaba de que tú también lo hagas. Pero sólo si me pudieras responder: ¿alguna vez amaste a alguien más que a ti?
Un día me dijiste… ‘Salvador, no sé qué podría hacer sin ti’. ¿Sin mí?... ¿Qué podrás hacer sin mí?… ¿extrañarme? Extrañarme al fin. Sola o acompañada. Pero extrañarme.
¿Recuerdas cuando me hablabas de él, con total entusiasmo y sonrisas? Siempre pensé que te veías con él a escondidas. Siempre que lo pensaba, me entraban las ganas de irme de allí, de nuestra ciudad, de nuestro espacio; pero esta vez ya no volver, y hacerte sentir sola, realmente sola. Siempre pensé que él, nunca dejó de ser tu ’amante perfecto’. Sí, así fue cómo lo denominaste en nuestras primeras charlas en el café bar de nuestra ciudad, ¿recuerdas?, cuando aún éramos amigos, cuando yo embobado te escuchaba en tus madrugadas agonizantes de alcohol y nostalgia… cuando más te embriagaban los recuerdos de aquel… que el vino conmigo; de aquel que dices ‘te supo amar’, de aquel que te inspiró una y otra vez. De aquel. De aquel que estuvo contigo cuando yo me fui… cuando yo me fui la primera vez a Madrid. Cuando me fui enamorado sin saberlo, cuando me fui con un sentimiento abrumador e indomable, cuando me fui para olvidarte también... Sí, para olvidarte también ¿lo sabías?, pero sobre todo… para olvidarnos. En esos días que yo me fui, él entró en tu vida, y dudo que haya salido de ella. Y quizás era por eso que no quería volver a Madrid, quizás por eso no quería volver a tomar el auto y dirigirme a esa ciudad. Y otra vez verme preso de mis pensamientos, del recuerdo de nuestras antiguas charlas nombrándolo con entusiasmo y sonrisas, de mis temores, otra vez en mis pensamientos: tú y él, pero muy dentro de mí: sólo tú y yo. Y otra vez…otra vez las ganas de irme y no volver. De alejarme y dejarte sola.
Recuerdo que cuando me despedí de ti, tú decías que todo iba a estar bien, que sólo era corto tiempo el que me alejaba de ti, que era inevitable culminar esos trámites y cerrar algunos tratos en la ciudad. Esta vez no me iba por mucho tiempo, esta vez no iba a quedarme. Era cierto. Lo sabías. Pero, te juro no quería volver a dejarte sola Paula. Pero esta vez tuve que hacerlo, tuve que hacerlo por algo inevitable.
Y ahora, estás en Madrid. Estás aquí, lo sé. Y respiras el aire de esta ciudad pálida que ahora me atrapa. Y es posible que imagines que aquí conocí a alguien cuando vine años atrás. Y quizás imaginabas también que me vería con alguien cuando regresé a esta ciudad hace un poco más de un año. Y no porque tenías celos, no porque dudarás de mí; sino por el contrario, porque siempre creíste lo que te decía. Pero, la verdad, es que no hubo persona alguna que me llenara de todo lo que tú sabías darme. Nunca te lo dije, es cierto. Al contrario, siempre hice alarde recurrente de mis conquistas, que no fueron más que mediocres intentos de olvidarte. Una y otra vez, una y otra vez e-rror. Olvidarte nunca pude.
Llegaste. ¿Vienes a verme? Cruzas esa puerta. Estás aquí. Te veo, pero no estás sola…
Siempre tú, siempre con esa caminata trotamundo pausada y despreocupada, te acercabas; siempre con tu pelo ondeado y poco peinado intentando orden con una cola y el gancho dorado; siempre vulnerable y deseable, siempre salvaje y natural. Siempre linda, mi dulce Paula. Y… te deseo, siempre te deseo. Pero te perdí dejándote… y no puedo tocarte. Ya no más. Sólo el viento, que se compadece de mi impotencia, se esmera en ser mi cómplice, que acariciando tu castaño ondulado rebelde, me recuerda los momentos que viví a tu lado.
Paula, estás frente a mí, y esas flores violetas combinan tan perfectamente con tus mejillas, y los pétalos de las rosas blancas que trae Santiago, son muy parecidas a tus manos terciopelo. Te veo Paula, estás frente a mí, y sólo te puedo escuchar:
- Nunca pensé que me dejarías. Pero yo jamás te podré dejar mi querido Salvador. En algún momento nos volveremos a encontrar.
Volver. Volver a encontrarnos. Si pudiera decirlo… Si pudieras escucharme…
Te persignas y por primera vez te creí. Te creía Paula. Tomas de la mano a quien te acompaña, a nuestro Santiago; y veo que te alejas, sin poder impedirlo esta vez.
